Columna de la Mesa de Gobierno Corporativo, Riesgo y Cumplimiento
Cuando los valores y la ética dejan de ser obvios
06 febrero 2026
Mirar alrededor y tomar conciencia de “estar aquí”, no es un gesto retórico, es un ejercicio de responsabilidad. Nada de lo que somos, ni de los espacios que hoy habitamos, es fruto del azar. Cada trayectoria profesional, cada lugar de decisión alcanzado, es el resultado de años de esfuerzo, de convicciones sostenidas en el tiempo y, muchas veces, de resiliencia silenciosa. Precisamente por eso, cuando se nos invita a reflexionar sobre liderazgo, resulta inevitable preguntarnos no solo qué decisiones tomamos, sino desde dónde las tomamos.
En los últimos años, la conversación pública ha puesto énfasis en temas indispensables como la mayor presencia de mujeres en directorios, diversidad en la toma de decisiones, renovación generacional y modernización de las organizaciones. Sin embargo, mientras estos debates avanzan, emerge con fuerza una inquietud más profunda y menos cómoda: la necesidad de volver a hablar explícitamente de principios y valores. Aquello que durante décadas se asumió como inherente al ejercicio del liderazgo —la ética profesional, la coherencia entre discurso y acción, la responsabilidad por las consecuencias de nuestras decisiones— hoy parece requerir ser dicho, enseñado y, sobre todo, demostrado.
Basta observar el clima social para advertir que lo que antes se consideraba evidente ha dejado de serlo. Escándalos empresariales, cuestionamientos a la política, tensiones en la justicia y una extendida desconfianza institucional revelan un problema que no es meramente normativo, sino cultural. La erosión de la confianza no ocurre de un día para otro; es el resultado acumulado de pequeñas renuncias éticas que, con el tiempo, se normalizan (OECD, 2022). En ese contexto, declarar principios no es redundante sino una señal de alerta.
Hace algunos años, al definir la identidad pública de una organización profesional, surgió la duda sobre si tenía sentido declarar valores como la honradez o el compromiso. La pregunta parecía razonable, ¿Por qué explicitar lo que se supone que uno simplemente es? Hoy, esa misma pregunta adquiere un significado distinto. Si necesitamos decirlo, es porque como sociedad estamos dejando de asumirlo. Y ese desplazamiento, sutil pero persistente, debiera preocuparnos más que cualquier ranking o indicador económico.
Este llamado no nace de la sospecha, sino del reconocimiento. Quienes han sido formadas para ocupar espacios de decisión —en grandes empresas, organizaciones medianas o emprendimientos emergentes— saben que el liderazgo no se ejerce solo en los cargos, sino en la consistencia cotidiana entre lo que se proclama y lo que se hace. Los valores no son conceptos abstractos ni adornos discursivos, son prácticas concretas que se expresan en cómo se gestionan equipos, cómo se enfrenta la incertidumbre y cómo se asumen los costos de decidir correctamente cuando hacerlo no es lo más fácil.
Durante años, Chile fue reconocido por su institucionalidad, por una cultura del trabajo asociada al cumplimiento de la palabra empeñada y por una noción compartida de responsabilidad. Hoy, frente a diagnósticos más sombríos, tendemos a buscar explicaciones externas: la política, la economía global, los cambios culturales o incluso la migración. Sin embargo, ninguna sociedad se recompone desde la externalización de culpas. Como advierte la literatura sobre capital social, los países no se reconstruyen desde la queja, sino desde la responsabilidad individual y colectiva (Putnam, 2000; Fukuyama, 1995).
Un solo acto ético puede parecer irrelevante; miles de ellos configuran una cultura. De la misma forma, cada decisión cotidiana, por pequeña que sea, contribuye al tipo de sociedad que estamos construyendo. Ese será, finalmente, el legado real que dejaremos. No los cargos ocupados, ni los títulos acumulados, ni el patrimonio generado; sino la huella de coherencia y responsabilidad que nuestras acciones impriman en el espacio público y privado.
Chile no solo necesita más líderes; necesita liderazgos con propósito, criterio y valores firmes. Defenderlos hoy no es un gesto nostálgico, sino un acto de valentía para asegurar el tipo de país que queremos construir.
15 de diciembre 2025
Mesa de Gobierno Corporativo, Riesgo y Cumplimiento – REDMAD
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